
El siguiente es una crónica que escribí para el libro que hicimos con unos amigos de periodismo sobre el centro Cultural Martin Olivos.
Hay un único lugar donde el ayer y el hoy se encuentran, donde el mejor mérito tiene su causalidad en el sobrevivir. Existe un lugar de sonidos azules donde cantan rutas cobradores. Un lugar donde los cerros murmuran colores, donde el cielo es aún gris, pero es el mejor gris que he visto. Aquí el prójimo esconde sus tristezas en fiestas de luces y vacas locas. Así es Lima Norte, la emergente, la pujante fuerza hecha a pulso por provincianos e hijos de migrantes.
Lima Norte está conformada por más de seis distritos, tiene una población eventual que se aproxima a los dos millones y medio de habitantes. Una carretera principal, un centro comercial y otros dos en construcción, más de tres parques recreacionales y miles, millones y billones de sueños. He aquí la trillada, pero portentosa historia que demuestra que las quimeras se pueden hacer, otra vez, realidad.
Dos amigos, un sueño
Siempre es difícil buscar el estado exacto para lo que se piensa contar. Seleccionar con pinzas las palabras idóneas que encajen en un espacio perfecto. Corregir con devoción una oración. Siempre me resultó difícil contar el sonido templado de una hoja de margarita, el hondo crujir de una hoja seca que sucumbe por el peso de una chispa de lluvia. Inasible. Es la suerte de no poder aferrase de algo. Es imposible atrapar lo inasible.
Martín Olivos fue inicialmente lo que todos intentamos esconder, los inefables días de pensar con pena nuestro destino, es la eterna epifanía de creernos dueños de nuestros fantasmas interiores. Martín Olivos es el espacio lleno de inasibles lontananzas, de gracia y buen humor, de cariño y sudor. Martín Olivos es la casa cultural de Guillermo Quiroz y Jorge Polar (Coco).
Ellos, dos amigos que pasaron sus mejores días en las enormes aulas de la Escuela Nacional de Bellas Artes jamás imaginaron lo que el destino les tenía preparado. Cierto, la vida nunca es demasiado fácil, Guillermo y Coco lo saben mejor que nadie. Había primero que enfrentarse a la desilusión de sus padres al no tener a un ingeniero o médico en la familia. Había que acostumbrarse a los rumores y chismes de la gente al creer que ser artista era una vanidad, un mero capricho de la ociosidad. Lo cierto es que, no existe ser más dichoso que aquel que sigue la lógica de sus sueños, pues entonces Guillermo y Coco son inmensamente felices.
Martín Olivos nació como dicen que surgen las grandes casualidades, de las magnas acciones y las mejores conversaciones. Imaginar todo el primer piso de una casa convertido en un lugar de risas, colores, cultura y mucha creatividad es sólo de locos. Guillermo y Coco imaginan ahora contar con un segundo primer piso de otra casa pues el que está ubicada en Los Olivos les está comenzando a quedar chica. Noventa y ocho metros cuadrados siempre es pequeño para quinientos mil metros cuadrados de sueños.
Quería verlos otra vez. Quería saber cómo se podía luchar contra toda una sociedad de convencionalismos que lo único que hacen es pensar que asistir a un concierto carísimo de ópera, concurrir a galerías de última moda, ir al cine y ver todas la películas que están en cartelera y decirle “fuchi” a la música de Chacalón es cultura. Quería visitar la Casa Cultural.
Cuando llegué al Jr. Los Castaños 871 en Las Palmeras no me atreví a tocar la puerta, a pesar que ésta estaba abierta. Estuve largo rato perdida en el umbral, observando pasivamente lo que ocurría allí. Tomé aire, me armé de valor y entré. ¿Qué vi? Vi un mundo distinto traducido en colores intensos, hipnóticos que invitaban a uno a olvidarlo todo: deberes, universidad, tareas, trabajo, stress; para pensar, tan solo y por un instante, que se puede volver a ser niño.
Vi, además, una humilde pizarra reciclada con todas las actividades que la Casa presentaba diariamente. Adentro, los versos impresos en posters de los inolvidables Eguren y Vallejo, en vez de zócalos al pie de las paredes se pueden apreciar las siluetas de las avenidas más transitadas de Lima Norte. En una pared un pequeño castillo de luces artificiales y al lado una vaquita loca entre chispazos de brillos de fuego. Más allá, un majestuoso cóndor dibujado sobrevuela nuestros cuerpos y cabezas, arriba, en el techo, de color azul me da la bienvenida Túpac Amaru.
Saludo a Guillermo y a Coco. Están ocupados atendiendo a una mamá que desea matricular a su niña en algún taller. Ingreso en compañía de Guillermo y comenzamos a charlar. Me explica que en un rato tendrá que retirarse para ir a trabajar. Sí, a trabajar. Él y Coco laboran en otros lugares, son profesores de arte en colegios e institutos, tienen a parte de la Casa Cultural, sus propias metas. Después de casi una hora de amena labia tratando de política, economía, literatura, ecología y cuando ya Coco se había incorporado a la cháchara les pregunté, tonta yo, el porqué del nombre de Martín Olivos. Supongo, por su reacción, que era obvio. Nadie dijo nada. Estoy segura que hasta el suave soplo del viento se podía escuchar, entonces Coco dijo: “Martín Olivos no es una persona, responde a un juego de palabras entre el distrito de San Martín de Porras con Los Olivos”, y entre bromas Guillermo completa la idea: “Yo crecí cuando todo esto era SMP y después me pasaron la voz que era Los Olivos”. Surgen las risas y todo se torna como un té de tías jugando canasta, sólo faltaban las galletitas y el té inglés.
A pesar de ser la Casa Cultural un lugar muy organizado es un espacio ácrata: sin mandatarios, jefes, gobernantes, reyes ni esclavos. Parece que su ser especial radica aquí. Martín Olivos no tiene dios ni amo y menos un director, mejor aún, la mesa directiva está precedida por dos sub-directores: Guillermo y Coco.
Está de sobra mencionar que el tiempo y la distancia son enemigos infalibles de la amistad y los mejores proyectos. El génesis de Martín Olivos fue con cinco artistas; sin embargo, el destino o la suerte se encargaron de llevarlos por distintos caminos. La única que continúa colaborando con ellos esporádicamente es la incondicional alma sensible de artista de María Tereza Ascoy.
Un espacio sin fronteras
Imagina que no hay países,
no es difícil hacerlo,
nada por lo que matar o morir,
ni religiones tampoco.
Imagina a toda la gente
viviendo la vida en paz
Reza la traducción de “Imagine”, la canción más conocida del buen John (Lennon). Pero imaginemos por un instante un lugar que no tenga avisos de bienvenida o enormes letreros agradeciendo nuestra visita en plena carretera. De igual forma los artistas, como los poetas, no conocen los límites, ellos sobrepasan fronteras e incluso los confines de sus propios sueños.
Decir que la Casa Cultural Martín Olivos está ubicada en pleno corazón del distrito de Los Olivos es simplemente una referencia. Martín Olivos no pertenece a un distrito sino corresponde a todo un contexto, una realidad: a Lima Norte. “Las fronteras son imaginarias, el hecho que yo cruce la Panamericana y compre en Megaplaza (que está ubicada en Independencia), no quiere decir nada, también es mi barrio”, dice Guillermo. “Es importante que el poblador se identifique plenamente con su contexto”, añade Coco.
Pintando pistas
Rojo, azul, amarillo, verde, blanco, naranja y demás colores, brochas, pinceles, baldes y mucha imaginación fueron las armas necesarias que en el mes de agosto sirvieron para cubrir toda una calle de colores. Los co-directores de Martín Olivos y un ejército de niños se lanzaron a las aceras y pistas de su cuadra. Pintaron un “amaru”, una especie de caminito de los sueños, un enorme sendero de colores donde se podía saltar y jugar. La alegría duró poco: a los dos días vino la lluvia y borró todo.
El “pintapistas” es una creación colectiva donde participa desde el más pequeño hasta el más grande. Los diseños están relacionados con la cultura milenaria peruana. La lluvia puede deshacer el mejor maquillaje en una mujer, disolver la más bella escultura, alizar la piedra más grande, borrar un “amaru” pintado en la pista; pero así como nunca podrá deshacer la frescura original de una dama, la formidable idea de una pieza de arte, la imponente presencia de una roca, así nunca se podrán borrar las ganas de soñar y seguir adelante.
Martín Olivos es mucho más que una Casa Cultural, es un oasis perdido en una ciudad que vive al vaivén del tipo de cambio del dólar. Es un lugar donde el ayer y el hoy se encuentran, es una esfera de sonidos azules, de creatividad y buen humor, donde un grupo de personas sólo quieren reír y creer que el mañana será una dulce promesa que traerá color y esperanza para todos.