jueves, 10 de enero de 2013

EL CASTOR Y EL QUERIDO PEQUEÑO SER




Jean Paul Sartre era feo, tremendamente feo. Ella, naturalmente, hermosa.

Simone de Beauvoir era cinco centímetros más alta que Sartre y sin embargo encajaban tan bien... Sartre era machista, autoritario y tradicional y en Beauvoir había hallado a esa mujer con alma de hombre que tanto necesitó como compañía, de espíritu revolucionario y de intelecto y corazón enorme. Nunca más se sentirían solos y cientos de cartas terminan por dibujar ese amor tan propio de ellos que finalmente nos enamoró a todos.

Sartre, le dijo a Simone que “existían dos tipos de sexualidad: el amor necesario y los amores contingentes". Ella era su amor necesario, las demás: Michelle, Arlette, Evelyne y Wanda, eran las contingentes...

No había otra forma de amarse, no conocían ninguna otra.

Ambos aceptaron: trazaron sus reglas del juego, cogieron sus bandos, sus armas y establecieron sus treguas y marcharon, finalmente, a un mundo que poco o nada los comprendían y así se amaron. Juntos. Aunque lejos, juntos, siempre, siempre.

En 1980 Sartre muere a causa de un edema pulmonar y estas palabras fueron las únicas que quedaron de la vieja Simone para su querido pequeño ser:

"Su muerte nos separa. Mi muerte nos volverá a reunir. Mejor así: ya es hermoso que nuestras vidas hayan encajado durante tanto tiempo”.

Y un día antes de que se cumplieran seis años de la muerte de Sartre, Simone dejó de respirar.