miércoles, 28 de enero de 2009

SUSY


Miró su reloj. Solo faltaban algunos minutos. Decidió quedarse aún en cama, enredada entre las sábanas amarillentas sobre ese colchón que tenía su forma y figura. Miró por la ventana redonda, sucia, manchada, que daba desde su habitación a la calle: dos pequeños gatos atigrados jugaban, se mordían la oreja, la cola, la pata, la oreja… Miró su reloj. Cerró los ojos. Tres, dos, uno. El despertador le estalló en la cabeza como un plato roto, estiró sobre el lecho sus brazos y piernas y de un salto se puso de pie.

Comió dos panes sin mantequilla y bebió una taza de café. Miró su reloj y ya casi era hora. Dos días más y cumplía quince años. Sí, Susy ya era toda una señorita, una mujercita que debía cuidarse pues el mundo es malo y cada vez está peor, recuerda que decía su madrecita. Cogió a tientas en una mano el canguro con el cambio en sencillo para la jornada del día, y en la otra el taper con lentejas y arroz que guardó ayer. Cerró fuerte la vieja puerta apolillada que tenía inscrita con tiza de color su dirección sobre el umbral y partió.

Miró su reloj y eran casi las seis. ¡Qué tarde! Susy camina rápido, más rápido, más. Susy corre, porque sabe que si madruga tendrá más clientes, podrá ordenar por colores y tamaños las verduras, lustrar hasta que chillen de tanto brillar los tomates, lavar la zanahorias que venderá picada a cincuenta céntimos. Sabe que en el mercado Unicachi, donde trabaja, todos, a esa hora están más preocupados por llevar a sus niños a la escuela. Susy no va al colegio. Ella llegó hace cuatro meses de su querido Chupaca, cerca de Huancayo y encontró un trabajo vendiendo lo que hoy muchos se han de servir en su mesa.

Llega a la autopista de la Panamericana Norte, a la altura de la Primera Entrada de Pro. La muchedumbre la jala, la avienta a cruzar entre aullidos de feroces frenos y olores de fruta podrida con gasolina. Un pequeño cae llora y se levanta solo. Nadie mira al otro. No hay conocidos. Susy, no hay tiempo para conocer. Solo mirar de frente y aligerar el paso. Saber que si ahora tú caes, nadie volteará a mirarte, a tenderte esa mano que a ellos les falta. Estás sola Susy. Sola, pero tu alma limpia como el diáfano de tu tierra verde no lo cree. Sonríes y piensas que se apiadarán de ti.

El día de labor en Unicachi comienza desde mucho antes que el gallo cante. Desde muy temprano llegan enormes camiones con los pedidos que suministran los puestos. Susy atraviesa los quioscos de fruta que están mirando hacia toda la carretera. Pasa por las florerías, las avícolas, carnicerías y abarrotes, ella saluda a todos los que conoce con una sonrisa y a los que no, sólo les sonríe. Los días de semana en cualquier mercado son una locura. Imaginar el peor de los ajetreos en Unicachi es poco. Siempre es poco para un lugar que oferta al por mayor y menor sus sueños, su día a día, su futuro.

En la primera esquina del mega mercado, por la puerta principal, cerca de los puestos de ropa, especerías, de carne de res, de pescado y mil chucherías más que cubre casi toda la mitad del lugar, allí, en medio del desorden y el olvido está el pequeño pedazo de tierra que arrendó Susy. Su puesto está hecho, como el de muchos más, de tablas rechazadas, mal pintadas y otros ni eso. Sus primeros visitantes no son humanos, exactamente. Son los perros carroñeros que abundan en Unicachi, los que siguen a su víctima, sigilosos, reservados, discretos, con caras de yo no fui, pero de pronto la pobre presa se descuida y ¡Zas! Colmillos al aire y cargan con todo, con lo que se pueda, bolsas, trapos y muchas veces, simplemente con su soledad de perro vagabundo y solo corren, corren…

Susy despacha lo que pide la gente, todos apresurados por cocinar, siempre con una sonrisa, mostrando su dentadura imperfecta y no tiene miedo que le vean la caries en el molar porque sabe que sus ojitos medio achinados reemplazarán toda carencia y atraerán al siguiente comprador. Todo vale para satisfacer al cliente, Susy.
Miró su reloj y el tiempo pasó volando. Cerca de las dos de la tarde comienza a esconderse el sol. Susy almuerza y ríe con las amigas de los puestos de al lado. El mercado Unicachi no para. A toda hora recibe a miles de personas en busca de las compras ya sea para el día o para guardar toda la semana en el congelador. Susy no para. Vende como si fuera la cuarta vez, porque la primera, segunda y tercera vez estaba muy nerviosa, no sabía ni dar vuelto, pero a la cuarta cogió experiencia, costumbre, como quien dice “agarró cancha” y ahora es amable, alegre, optimista: agradecida.

Ella, vende hace tres meses, de los ocho años que Unicachi tiene de existencia, aunque el mercado pareciera que estuvo toda una vida aquí, en plena frontera entre Comas, Los Olivos e Independencia. Nadie podía imaginar que un extenso pampón de basura y tierra muerta se convertiría en un poderoso emporio comercial, respetadísimo y envidiado, y Susy lo sabe bien. De aquí se come, se trabaja, se ríe y se aprende, se aprende a tener fe de que nada es tan malo como para no intentarlo otra vez, a seguir adelante, aunque el corazón esté apretado por un nudo de llanto. Se tiene que aguantar. Se debe aguantar. Hacer tripas corazón aunque la casera nos diga careros, aunque uno quiera estar mil veces en otro lugar y aunque tenga que levantarse a las tres de la mañana para ir al muelle y recoger el pescado que más tarde se venderá fresquito y barato.
Susy recuerda que, en ocasiones como en fiestas patrias, navidad, año nuevo y especialmente los domingos es imposible apresurar el paso. Alguien camina y casi por inercia se choca con vengano, fulano y sutano. Está tan lleno el mercado que siempre se camina apretado, despacito, siguiéndole el paso a quien está adelante, como si fuéramos parte de una concurrida procesión. De repente, como si sería parte del marketing de cada puesto, el más joven vendedor se para en medio del lugar y empieza a vociferar, abre su redonda boca y grita, escupe, gilea y hasta insulta a la competencia: ¡A sol cincuenta la rica papa amarillita y arenosa!, ¡Bolsas para la basura, papel higiénico!, y otros ¡Veneno para ratas, moscas y pericotes!

La gente suda y se comienza a desesperar por el lento ritmo del paso. Los que ofertan frutas invitan a diestra y siniestra un pedazo de sus productos. Todos quieren demostrar cuál es el más dulce, mientras sus cuchillos filosos derraman el delicioso néctar de mangos y naranjas, los jugos siguen su curso y ensucian sus dedos, manos, y brazos convirtiéndolos en deleite de moscas y abejas que no pueden dejar pasar esa oportunidad.

Muchos vendedores se conocen adentro, se saludan, se cuidan entre ellos y se despiden cuando el día termina. Los mototaxistas en la entrada del mercado conocen bien la zona, pululan alrededor de un mismo eje y ayudan al cliente a cargar los enormes costales que adquirieron para toda la semana.

Sobre la acera dela avenida una mujer de gorro azul, ella con una manta en la espalda carga a una niña con cara de Kola Inglesa y mocos aguados. A su lado un joven con auriculares en las orejas y voz de niña comiendo lo único que el puesto rodante de la mujer ofrece: “Ricos cebiches a Sol”, así dice el letrero. Muchos transeúntes salen del mercado con enormes bolsas y canastas rellenadas de frutas, arroces, apios, papas y pescado. Salen entre dos cargando una misma bolsa. Los más pequeños ayudan a sus madres sosteniendo la mano de plátano o el kilo de mandarina.
Cuando se hace tarde y son casi las cinco, Susy mira su reloj. Es hora de irse del mercado. De alzar vuelo otra vez y cerrar todo. Tiene que cocinar para que mañana pueda almorzar y retornar al trabajo. Debe lavar su ropa, atender al gatito que hace cinco días adoptó. ¿Cuántas como tú, Susy, trabajarán en este mismo mercado cargando en sus hombros el difícil papel de ser mujeres, enfrentándose solas y recién llegadas a un lugar que no se parece ni en sueños a sus pueblos, dejando atrás hijos, familia y amigos? ¿Cuántas menores de edad sin terminar sus estudios buscarán un mejor futuro, sin saber siquiera si mañana han de almorzar? ¿Cuántas? Muchas.

Mientras se peina y se alista a ir, Susy recuerda que a esa hora su madre interpretaba con su voz chillona de pericote una selección de su mejor repertorio. Guarda boleros, huaynos, baladas, rancheras y hasta tangos. Silva, canta y silva otra vez. Y como si Dios la escuchara, el sol brilla y calienta fuerte a la niña con cara de Kola Inglesa, a los inefables transeúntes y a ella, que tiene una extraña sensación de pena y soledad al ritmo de un huaynito huancaíno. Pero todas las melodías son alegres como su madre, como el mercado, como los huesudos canes que deambulan en ella. La triste es Susana Atienza Uñaupe, Susy.

martes, 27 de enero de 2009

¿QUIÉN ES MARTÍN OLIVOS?


El siguiente es una crónica que escribí para el libro que hicimos con unos amigos de periodismo sobre el centro Cultural Martin Olivos.


Hay un único lugar donde el ayer y el hoy se encuentran, donde el mejor mérito tiene su causalidad en el sobrevivir. Existe un lugar de sonidos azules donde cantan rutas cobradores. Un lugar donde los cerros murmuran colores, donde el cielo es aún gris, pero es el mejor gris que he visto. Aquí el prójimo esconde sus tristezas en fiestas de luces y vacas locas. Así es Lima Norte, la emergente, la pujante fuerza hecha a pulso por provincianos e hijos de migrantes.
Lima Norte está conformada por más de seis distritos, tiene una población eventual que se aproxima a los dos millones y medio de habitantes. Una carretera principal, un centro comercial y otros dos en construcción, más de tres parques recreacionales y miles, millones y billones de sueños. He aquí la trillada, pero portentosa historia que demuestra que las quimeras se pueden hacer, otra vez, realidad.


Dos amigos, un sueño
Siempre es difícil buscar el estado exacto para lo que se piensa contar. Seleccionar con pinzas las palabras idóneas que encajen en un espacio perfecto. Corregir con devoción una oración. Siempre me resultó difícil contar el sonido templado de una hoja de margarita, el hondo crujir de una hoja seca que sucumbe por el peso de una chispa de lluvia. Inasible. Es la suerte de no poder aferrase de algo. Es imposible atrapar lo inasible.


Martín Olivos fue inicialmente lo que todos intentamos esconder, los inefables días de pensar con pena nuestro destino, es la eterna epifanía de creernos dueños de nuestros fantasmas interiores. Martín Olivos es el espacio lleno de inasibles lontananzas, de gracia y buen humor, de cariño y sudor. Martín Olivos es la casa cultural de Guillermo Quiroz y Jorge Polar (Coco).


Ellos, dos amigos que pasaron sus mejores días en las enormes aulas de la Escuela Nacional de Bellas Artes jamás imaginaron lo que el destino les tenía preparado. Cierto, la vida nunca es demasiado fácil, Guillermo y Coco lo saben mejor que nadie. Había primero que enfrentarse a la desilusión de sus padres al no tener a un ingeniero o médico en la familia. Había que acostumbrarse a los rumores y chismes de la gente al creer que ser artista era una vanidad, un mero capricho de la ociosidad. Lo cierto es que, no existe ser más dichoso que aquel que sigue la lógica de sus sueños, pues entonces Guillermo y Coco son inmensamente felices.


Martín Olivos nació como dicen que surgen las grandes casualidades, de las magnas acciones y las mejores conversaciones. Imaginar todo el primer piso de una casa convertido en un lugar de risas, colores, cultura y mucha creatividad es sólo de locos. Guillermo y Coco imaginan ahora contar con un segundo primer piso de otra casa pues el que está ubicada en Los Olivos les está comenzando a quedar chica. Noventa y ocho metros cuadrados siempre es pequeño para quinientos mil metros cuadrados de sueños.


Quería verlos otra vez. Quería saber cómo se podía luchar contra toda una sociedad de convencionalismos que lo único que hacen es pensar que asistir a un concierto carísimo de ópera, concurrir a galerías de última moda, ir al cine y ver todas la películas que están en cartelera y decirle “fuchi” a la música de Chacalón es cultura. Quería visitar la Casa Cultural.


Cuando llegué al Jr. Los Castaños 871 en Las Palmeras no me atreví a tocar la puerta, a pesar que ésta estaba abierta. Estuve largo rato perdida en el umbral, observando pasivamente lo que ocurría allí. Tomé aire, me armé de valor y entré. ¿Qué vi? Vi un mundo distinto traducido en colores intensos, hipnóticos que invitaban a uno a olvidarlo todo: deberes, universidad, tareas, trabajo, stress; para pensar, tan solo y por un instante, que se puede volver a ser niño.


Vi, además, una humilde pizarra reciclada con todas las actividades que la Casa presentaba diariamente. Adentro, los versos impresos en posters de los inolvidables Eguren y Vallejo, en vez de zócalos al pie de las paredes se pueden apreciar las siluetas de las avenidas más transitadas de Lima Norte. En una pared un pequeño castillo de luces artificiales y al lado una vaquita loca entre chispazos de brillos de fuego. Más allá, un majestuoso cóndor dibujado sobrevuela nuestros cuerpos y cabezas, arriba, en el techo, de color azul me da la bienvenida Túpac Amaru.


Saludo a Guillermo y a Coco. Están ocupados atendiendo a una mamá que desea matricular a su niña en algún taller. Ingreso en compañía de Guillermo y comenzamos a charlar. Me explica que en un rato tendrá que retirarse para ir a trabajar. Sí, a trabajar. Él y Coco laboran en otros lugares, son profesores de arte en colegios e institutos, tienen a parte de la Casa Cultural, sus propias metas. Después de casi una hora de amena labia tratando de política, economía, literatura, ecología y cuando ya Coco se había incorporado a la cháchara les pregunté, tonta yo, el porqué del nombre de Martín Olivos. Supongo, por su reacción, que era obvio. Nadie dijo nada. Estoy segura que hasta el suave soplo del viento se podía escuchar, entonces Coco dijo: “Martín Olivos no es una persona, responde a un juego de palabras entre el distrito de San Martín de Porras con Los Olivos”, y entre bromas Guillermo completa la idea: “Yo crecí cuando todo esto era SMP y después me pasaron la voz que era Los Olivos”. Surgen las risas y todo se torna como un té de tías jugando canasta, sólo faltaban las galletitas y el té inglés.


A pesar de ser la Casa Cultural un lugar muy organizado es un espacio ácrata: sin mandatarios, jefes, gobernantes, reyes ni esclavos. Parece que su ser especial radica aquí. Martín Olivos no tiene dios ni amo y menos un director, mejor aún, la mesa directiva está precedida por dos sub-directores: Guillermo y Coco.


Está de sobra mencionar que el tiempo y la distancia son enemigos infalibles de la amistad y los mejores proyectos. El génesis de Martín Olivos fue con cinco artistas; sin embargo, el destino o la suerte se encargaron de llevarlos por distintos caminos. La única que continúa colaborando con ellos esporádicamente es la incondicional alma sensible de artista de María Tereza Ascoy.


Un espacio sin fronteras


Imagina que no hay países,
no es difícil hacerlo,
nada por lo que matar o morir,
ni religiones tampoco.
Imagina a toda la gente
viviendo la vida en paz


Reza la traducción de “Imagine”, la canción más conocida del buen John (Lennon). Pero imaginemos por un instante un lugar que no tenga avisos de bienvenida o enormes letreros agradeciendo nuestra visita en plena carretera. De igual forma los artistas, como los poetas, no conocen los límites, ellos sobrepasan fronteras e incluso los confines de sus propios sueños.
Decir que la Casa Cultural Martín Olivos está ubicada en pleno corazón del distrito de Los Olivos es simplemente una referencia. Martín Olivos no pertenece a un distrito sino corresponde a todo un contexto, una realidad: a Lima Norte. “Las fronteras son imaginarias, el hecho que yo cruce la Panamericana y compre en Megaplaza (que está ubicada en Independencia), no quiere decir nada, también es mi barrio”, dice Guillermo. “Es importante que el poblador se identifique plenamente con su contexto”, añade Coco.


Pintando pistas
Rojo, azul, amarillo, verde, blanco, naranja y demás colores, brochas, pinceles, baldes y mucha imaginación fueron las armas necesarias que en el mes de agosto sirvieron para cubrir toda una calle de colores. Los co-directores de Martín Olivos y un ejército de niños se lanzaron a las aceras y pistas de su cuadra. Pintaron un “amaru”, una especie de caminito de los sueños, un enorme sendero de colores donde se podía saltar y jugar. La alegría duró poco: a los dos días vino la lluvia y borró todo.


El “pintapistas” es una creación colectiva donde participa desde el más pequeño hasta el más grande. Los diseños están relacionados con la cultura milenaria peruana. La lluvia puede deshacer el mejor maquillaje en una mujer, disolver la más bella escultura, alizar la piedra más grande, borrar un “amaru” pintado en la pista; pero así como nunca podrá deshacer la frescura original de una dama, la formidable idea de una pieza de arte, la imponente presencia de una roca, así nunca se podrán borrar las ganas de soñar y seguir adelante.


Martín Olivos es mucho más que una Casa Cultural, es un oasis perdido en una ciudad que vive al vaivén del tipo de cambio del dólar. Es un lugar donde el ayer y el hoy se encuentran, es una esfera de sonidos azules, de creatividad y buen humor, donde un grupo de personas sólo quieren reír y creer que el mañana será una dulce promesa que traerá color y esperanza para todos.