Miró su reloj. Solo faltaban algunos minutos. Decidió quedarse aún en cama, enredada entre las sábanas amarillentas sobre ese colchón que tenía su forma y figura. Miró por la ventana redonda, sucia, manchada, que daba desde su habitación a la calle: dos pequeños gatos atigrados jugaban, se mordían la oreja, la cola, la pata, la oreja… Miró su reloj. Cerró los ojos. Tres, dos, uno. El despertador le estalló en la cabeza como un plato roto, estiró sobre el lecho sus brazos y piernas y de un salto se puso de pie.
Comió dos panes sin mantequilla y bebió una taza de café. Miró su reloj y ya casi era hora. Dos días más y cumplía quince años. Sí, Susy ya era toda una señorita, una mujercita que debía cuidarse pues el mundo es malo y cada vez está peor, recuerda que decía su madrecita. Cogió a tientas en una mano el canguro con el cambio en sencillo para la jornada del día, y en la otra el taper con lentejas y arroz que guardó ayer. Cerró fuerte la vieja puerta apolillada que tenía inscrita con tiza de color su dirección sobre el umbral y partió.
Miró su reloj y eran casi las seis. ¡Qué tarde! Susy camina rápido, más rápido, más. Susy corre, porque sabe que si madruga tendrá más clientes, podrá ordenar por colores y tamaños las verduras, lustrar hasta que chillen de tanto brillar los tomates, lavar la zanahorias que venderá picada a cincuenta céntimos. Sabe que en el mercado Unicachi, donde trabaja, todos, a esa hora están más preocupados por llevar a sus niños a la escuela. Susy no va al colegio. Ella llegó hace cuatro meses de su querido Chupaca, cerca de Huancayo y encontró un trabajo vendiendo lo que hoy muchos se han de servir en su mesa.
Llega a la autopista de la Panamericana Norte, a la altura de la Primera Entrada de Pro. La muchedumbre la jala, la avienta a cruzar entre aullidos de feroces frenos y olores de fruta podrida con gasolina. Un pequeño cae llora y se levanta solo. Nadie mira al otro. No hay conocidos. Susy, no hay tiempo para conocer. Solo mirar de frente y aligerar el paso. Saber que si ahora tú caes, nadie volteará a mirarte, a tenderte esa mano que a ellos les falta. Estás sola Susy. Sola, pero tu alma limpia como el diáfano de tu tierra verde no lo cree. Sonríes y piensas que se apiadarán de ti.
El día de labor en Unicachi comienza desde mucho antes que el gallo cante. Desde muy temprano llegan enormes camiones con los pedidos que suministran los puestos. Susy atraviesa los quioscos de fruta que están mirando hacia toda la carretera. Pasa por las florerías, las avícolas, carnicerías y abarrotes, ella saluda a todos los que conoce con una sonrisa y a los que no, sólo les sonríe. Los días de semana en cualquier mercado son una locura. Imaginar el peor de los ajetreos en Unicachi es poco. Siempre es poco para un lugar que oferta al por mayor y menor sus sueños, su día a día, su futuro.
En la primera esquina del mega mercado, por la puerta principal, cerca de los puestos de ropa, especerías, de carne de res, de pescado y mil chucherías más que cubre casi toda la mitad del lugar, allí, en medio del desorden y el olvido está el pequeño pedazo de tierra que arrendó Susy. Su puesto está hecho, como el de muchos más, de tablas rechazadas, mal pintadas y otros ni eso. Sus primeros visitantes no son humanos, exactamente. Son los perros carroñeros que abundan en Unicachi, los que siguen a su víctima, sigilosos, reservados, discretos, con caras de yo no fui, pero de pronto la pobre presa se descuida y ¡Zas! Colmillos al aire y cargan con todo, con lo que se pueda, bolsas, trapos y muchas veces, simplemente con su soledad de perro vagabundo y solo corren, corren…
Susy despacha lo que pide la gente, todos apresurados por cocinar, siempre con una sonrisa, mostrando su dentadura imperfecta y no tiene miedo que le vean la caries en el molar porque sabe que sus ojitos medio achinados reemplazarán toda carencia y atraerán al siguiente comprador. Todo vale para satisfacer al cliente, Susy.
Miró su reloj y el tiempo pasó volando. Cerca de las dos de la tarde comienza a esconderse el sol. Susy almuerza y ríe con las amigas de los puestos de al lado. El mercado Unicachi no para. A toda hora recibe a miles de personas en busca de las compras ya sea para el día o para guardar toda la semana en el congelador. Susy no para. Vende como si fuera la cuarta vez, porque la primera, segunda y tercera vez estaba muy nerviosa, no sabía ni dar vuelto, pero a la cuarta cogió experiencia, costumbre, como quien dice “agarró cancha” y ahora es amable, alegre, optimista: agradecida.
Ella, vende hace tres meses, de los ocho años que Unicachi tiene de existencia, aunque el mercado pareciera que estuvo toda una vida aquí, en plena frontera entre Comas, Los Olivos e Independencia. Nadie podía imaginar que un extenso pampón de basura y tierra muerta se convertiría en un poderoso emporio comercial, respetadísimo y envidiado, y Susy lo sabe bien. De aquí se come, se trabaja, se ríe y se aprende, se aprende a tener fe de que nada es tan malo como para no intentarlo otra vez, a seguir adelante, aunque el corazón esté apretado por un nudo de llanto. Se tiene que aguantar. Se debe aguantar. Hacer tripas corazón aunque la casera nos diga careros, aunque uno quiera estar mil veces en otro lugar y aunque tenga que levantarse a las tres de la mañana para ir al muelle y recoger el pescado que más tarde se venderá fresquito y barato.
Susy recuerda que, en ocasiones como en fiestas patrias, navidad, año nuevo y especialmente los domingos es imposible apresurar el paso. Alguien camina y casi por inercia se choca con vengano, fulano y sutano. Está tan lleno el mercado que siempre se camina apretado, despacito, siguiéndole el paso a quien está adelante, como si fuéramos parte de una concurrida procesión. De repente, como si sería parte del marketing de cada puesto, el más joven vendedor se para en medio del lugar y empieza a vociferar, abre su redonda boca y grita, escupe, gilea y hasta insulta a la competencia: ¡A sol cincuenta la rica papa amarillita y arenosa!, ¡Bolsas para la basura, papel higiénico!, y otros ¡Veneno para ratas, moscas y pericotes!
La gente suda y se comienza a desesperar por el lento ritmo del paso. Los que ofertan frutas invitan a diestra y siniestra un pedazo de sus productos. Todos quieren demostrar cuál es el más dulce, mientras sus cuchillos filosos derraman el delicioso néctar de mangos y naranjas, los jugos siguen su curso y ensucian sus dedos, manos, y brazos convirtiéndolos en deleite de moscas y abejas que no pueden dejar pasar esa oportunidad.
Muchos vendedores se conocen adentro, se saludan, se cuidan entre ellos y se despiden cuando el día termina. Los mototaxistas en la entrada del mercado conocen bien la zona, pululan alrededor de un mismo eje y ayudan al cliente a cargar los enormes costales que adquirieron para toda la semana.
Sobre la acera dela avenida una mujer de gorro azul, ella con una manta en la espalda carga a una niña con cara de Kola Inglesa y mocos aguados. A su lado un joven con auriculares en las orejas y voz de niña comiendo lo único que el puesto rodante de la mujer ofrece: “Ricos cebiches a Sol”, así dice el letrero. Muchos transeúntes salen del mercado con enormes bolsas y canastas rellenadas de frutas, arroces, apios, papas y pescado. Salen entre dos cargando una misma bolsa. Los más pequeños ayudan a sus madres sosteniendo la mano de plátano o el kilo de mandarina.
Cuando se hace tarde y son casi las cinco, Susy mira su reloj. Es hora de irse del mercado. De alzar vuelo otra vez y cerrar todo. Tiene que cocinar para que mañana pueda almorzar y retornar al trabajo. Debe lavar su ropa, atender al gatito que hace cinco días adoptó. ¿Cuántas como tú, Susy, trabajarán en este mismo mercado cargando en sus hombros el difícil papel de ser mujeres, enfrentándose solas y recién llegadas a un lugar que no se parece ni en sueños a sus pueblos, dejando atrás hijos, familia y amigos? ¿Cuántas menores de edad sin terminar sus estudios buscarán un mejor futuro, sin saber siquiera si mañana han de almorzar? ¿Cuántas? Muchas.
Mientras se peina y se alista a ir, Susy recuerda que a esa hora su madre interpretaba con su voz chillona de pericote una selección de su mejor repertorio. Guarda boleros, huaynos, baladas, rancheras y hasta tangos. Silva, canta y silva otra vez. Y como si Dios la escuchara, el sol brilla y calienta fuerte a la niña con cara de Kola Inglesa, a los inefables transeúntes y a ella, que tiene una extraña sensación de pena y soledad al ritmo de un huaynito huancaíno. Pero todas las melodías son alegres como su madre, como el mercado, como los huesudos canes que deambulan en ella. La triste es Susana Atienza Uñaupe, Susy.
Comió dos panes sin mantequilla y bebió una taza de café. Miró su reloj y ya casi era hora. Dos días más y cumplía quince años. Sí, Susy ya era toda una señorita, una mujercita que debía cuidarse pues el mundo es malo y cada vez está peor, recuerda que decía su madrecita. Cogió a tientas en una mano el canguro con el cambio en sencillo para la jornada del día, y en la otra el taper con lentejas y arroz que guardó ayer. Cerró fuerte la vieja puerta apolillada que tenía inscrita con tiza de color su dirección sobre el umbral y partió.
Miró su reloj y eran casi las seis. ¡Qué tarde! Susy camina rápido, más rápido, más. Susy corre, porque sabe que si madruga tendrá más clientes, podrá ordenar por colores y tamaños las verduras, lustrar hasta que chillen de tanto brillar los tomates, lavar la zanahorias que venderá picada a cincuenta céntimos. Sabe que en el mercado Unicachi, donde trabaja, todos, a esa hora están más preocupados por llevar a sus niños a la escuela. Susy no va al colegio. Ella llegó hace cuatro meses de su querido Chupaca, cerca de Huancayo y encontró un trabajo vendiendo lo que hoy muchos se han de servir en su mesa.
Llega a la autopista de la Panamericana Norte, a la altura de la Primera Entrada de Pro. La muchedumbre la jala, la avienta a cruzar entre aullidos de feroces frenos y olores de fruta podrida con gasolina. Un pequeño cae llora y se levanta solo. Nadie mira al otro. No hay conocidos. Susy, no hay tiempo para conocer. Solo mirar de frente y aligerar el paso. Saber que si ahora tú caes, nadie volteará a mirarte, a tenderte esa mano que a ellos les falta. Estás sola Susy. Sola, pero tu alma limpia como el diáfano de tu tierra verde no lo cree. Sonríes y piensas que se apiadarán de ti.
El día de labor en Unicachi comienza desde mucho antes que el gallo cante. Desde muy temprano llegan enormes camiones con los pedidos que suministran los puestos. Susy atraviesa los quioscos de fruta que están mirando hacia toda la carretera. Pasa por las florerías, las avícolas, carnicerías y abarrotes, ella saluda a todos los que conoce con una sonrisa y a los que no, sólo les sonríe. Los días de semana en cualquier mercado son una locura. Imaginar el peor de los ajetreos en Unicachi es poco. Siempre es poco para un lugar que oferta al por mayor y menor sus sueños, su día a día, su futuro.
En la primera esquina del mega mercado, por la puerta principal, cerca de los puestos de ropa, especerías, de carne de res, de pescado y mil chucherías más que cubre casi toda la mitad del lugar, allí, en medio del desorden y el olvido está el pequeño pedazo de tierra que arrendó Susy. Su puesto está hecho, como el de muchos más, de tablas rechazadas, mal pintadas y otros ni eso. Sus primeros visitantes no son humanos, exactamente. Son los perros carroñeros que abundan en Unicachi, los que siguen a su víctima, sigilosos, reservados, discretos, con caras de yo no fui, pero de pronto la pobre presa se descuida y ¡Zas! Colmillos al aire y cargan con todo, con lo que se pueda, bolsas, trapos y muchas veces, simplemente con su soledad de perro vagabundo y solo corren, corren…
Susy despacha lo que pide la gente, todos apresurados por cocinar, siempre con una sonrisa, mostrando su dentadura imperfecta y no tiene miedo que le vean la caries en el molar porque sabe que sus ojitos medio achinados reemplazarán toda carencia y atraerán al siguiente comprador. Todo vale para satisfacer al cliente, Susy.
Miró su reloj y el tiempo pasó volando. Cerca de las dos de la tarde comienza a esconderse el sol. Susy almuerza y ríe con las amigas de los puestos de al lado. El mercado Unicachi no para. A toda hora recibe a miles de personas en busca de las compras ya sea para el día o para guardar toda la semana en el congelador. Susy no para. Vende como si fuera la cuarta vez, porque la primera, segunda y tercera vez estaba muy nerviosa, no sabía ni dar vuelto, pero a la cuarta cogió experiencia, costumbre, como quien dice “agarró cancha” y ahora es amable, alegre, optimista: agradecida.
Ella, vende hace tres meses, de los ocho años que Unicachi tiene de existencia, aunque el mercado pareciera que estuvo toda una vida aquí, en plena frontera entre Comas, Los Olivos e Independencia. Nadie podía imaginar que un extenso pampón de basura y tierra muerta se convertiría en un poderoso emporio comercial, respetadísimo y envidiado, y Susy lo sabe bien. De aquí se come, se trabaja, se ríe y se aprende, se aprende a tener fe de que nada es tan malo como para no intentarlo otra vez, a seguir adelante, aunque el corazón esté apretado por un nudo de llanto. Se tiene que aguantar. Se debe aguantar. Hacer tripas corazón aunque la casera nos diga careros, aunque uno quiera estar mil veces en otro lugar y aunque tenga que levantarse a las tres de la mañana para ir al muelle y recoger el pescado que más tarde se venderá fresquito y barato.
Susy recuerda que, en ocasiones como en fiestas patrias, navidad, año nuevo y especialmente los domingos es imposible apresurar el paso. Alguien camina y casi por inercia se choca con vengano, fulano y sutano. Está tan lleno el mercado que siempre se camina apretado, despacito, siguiéndole el paso a quien está adelante, como si fuéramos parte de una concurrida procesión. De repente, como si sería parte del marketing de cada puesto, el más joven vendedor se para en medio del lugar y empieza a vociferar, abre su redonda boca y grita, escupe, gilea y hasta insulta a la competencia: ¡A sol cincuenta la rica papa amarillita y arenosa!, ¡Bolsas para la basura, papel higiénico!, y otros ¡Veneno para ratas, moscas y pericotes!
La gente suda y se comienza a desesperar por el lento ritmo del paso. Los que ofertan frutas invitan a diestra y siniestra un pedazo de sus productos. Todos quieren demostrar cuál es el más dulce, mientras sus cuchillos filosos derraman el delicioso néctar de mangos y naranjas, los jugos siguen su curso y ensucian sus dedos, manos, y brazos convirtiéndolos en deleite de moscas y abejas que no pueden dejar pasar esa oportunidad.
Muchos vendedores se conocen adentro, se saludan, se cuidan entre ellos y se despiden cuando el día termina. Los mototaxistas en la entrada del mercado conocen bien la zona, pululan alrededor de un mismo eje y ayudan al cliente a cargar los enormes costales que adquirieron para toda la semana.
Sobre la acera dela avenida una mujer de gorro azul, ella con una manta en la espalda carga a una niña con cara de Kola Inglesa y mocos aguados. A su lado un joven con auriculares en las orejas y voz de niña comiendo lo único que el puesto rodante de la mujer ofrece: “Ricos cebiches a Sol”, así dice el letrero. Muchos transeúntes salen del mercado con enormes bolsas y canastas rellenadas de frutas, arroces, apios, papas y pescado. Salen entre dos cargando una misma bolsa. Los más pequeños ayudan a sus madres sosteniendo la mano de plátano o el kilo de mandarina.
Cuando se hace tarde y son casi las cinco, Susy mira su reloj. Es hora de irse del mercado. De alzar vuelo otra vez y cerrar todo. Tiene que cocinar para que mañana pueda almorzar y retornar al trabajo. Debe lavar su ropa, atender al gatito que hace cinco días adoptó. ¿Cuántas como tú, Susy, trabajarán en este mismo mercado cargando en sus hombros el difícil papel de ser mujeres, enfrentándose solas y recién llegadas a un lugar que no se parece ni en sueños a sus pueblos, dejando atrás hijos, familia y amigos? ¿Cuántas menores de edad sin terminar sus estudios buscarán un mejor futuro, sin saber siquiera si mañana han de almorzar? ¿Cuántas? Muchas.
Mientras se peina y se alista a ir, Susy recuerda que a esa hora su madre interpretaba con su voz chillona de pericote una selección de su mejor repertorio. Guarda boleros, huaynos, baladas, rancheras y hasta tangos. Silva, canta y silva otra vez. Y como si Dios la escuchara, el sol brilla y calienta fuerte a la niña con cara de Kola Inglesa, a los inefables transeúntes y a ella, que tiene una extraña sensación de pena y soledad al ritmo de un huaynito huancaíno. Pero todas las melodías son alegres como su madre, como el mercado, como los huesudos canes que deambulan en ella. La triste es Susana Atienza Uñaupe, Susy.
2 comentarios:
Uno de los relatos que te lanzó a la fama!!!
Muy bonito, y me doy el privilegio de ser uno de lo que sufrió con el proceso de escribirlo.
«Yo», para tus veinte años, es precioso lo que has escrito, y lo has escrito precioso.
Un hallazgo, de verdad. Luisito Hernández silbaría una sonata.
Beso.
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